El solitario mundo de los niños

Publicado el 10 diciembre, 2011 por Julio César Ruiz

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Leopoldo, 7 años

En el mes de octubre, en la localidad de Loma Verde, partido de Brandsen, Provincia de Buenos Aires, un niño de 7 años vivió una experiencia, que queremos rescatarla porque se trata de un caso grave, con algunas particularidades interesantes de considerar.

Todos los protagonistas de esta historia real, ocurrida en Buenos Aires, fueron niños. Pero, vamos primero con la narración de los hechos. Por tratarse de criaturas, vamos a ponerle a cada uno de ellos, nombres ficticios.

Leopoldo, un niño de 7 años, fue sorprendido por otro, de 12, al que llamaremos Manuel, cuando jugando en la vereda a doscientos metros de su casa, y por unos momentos, se había quedado solo, ya que sus amiguitos, se habían ausentado para hacerle unas compras a la mamá de uno de ellos, en el almacén de la esquina.

Manuel, en plena a la luz del día y en plena acera, intempestivamente se le acercó al niño que sería su víctima, y tomándolo rudamente del cabello, le acercó la cara entre sus piernas, exigiéndole a los gritos, que le hiciera sexo oral.

El pequeño se negó y se resistió con un pequeño forcejeo. Inmediatamente recibió un sinfín de golpes de puño en su estómago. Desde el suelo, el niño víctima, de modo infantil le dijo, que le diría a su mamá que lo denunciara a la policía, lo que inmediatamente desató la ira del agresor, quien tomó una soga, la enroscó con tres vueltas en el cuello del niño. Segundos después de este ataque, mientras el pequeño comenzó a asfixiarse, por la falta de oxígeno, lo hizo perder el conocimiento y se desplomó sobre la vereda.

El grupo de cinco amiguitos, de entre 11 y 13 años, regresó casi al instante de la agresión, a continuar construyendo una casita debajo de un árbol de la vereda. Como no encontraron a su compañerito, lo comenzaron a buscar y finalmente lo hallaron debajo de las maderas, que había separado un rato antes para jugar.

Manuel, lo había arrastrado hasta el lugar, y lo tapó, con cartones, creyendo que estaba muerto. Los cinco amiguitos, al verlo tirado y sin conocimiento, entre todos, lo alzaron en andas, hacia la vivienda del matrimonio de médicos, padres de uno de ellos, que vivían a metros del lugar.

 Allí, el profesional, le realizó las tareas de reanimación, logrando estabilizarlo, dado que la víctima llegó con escasos signos vitales debido a un paro cardiorespiratorio,  provocado por el ahorcamiento.

La madre de Leopoldo, dijo: “Estaba desmayado, con los ojos en blanco, cuando el médico lo recibió de brazos de los niños”

Sin embargo, los padecimientos no cesaron para la criatura. Aún no puede conciliar el sueño. Desde que ocurrió esta situación, Leopoldo tiene temor a la oscuridad, se hace pis en la cama y le sobreviene, de repente, un comportamiento de crisis nervioso, que no lo deja dormir.  Está aterrorizado, el niño agresor, vive a metros de su vivienda y si sale, sabe que lo encontrará.

“La primera semana fue terrorífica porque sufría ataques de pánico. El martes estuvo en el Hospital de Ranchos y luego el miércoles en el de niños de La Plata. El viernes, debimos volver y le dieron sedantes”, comentó su madre quien todavía conmocionada por lo sucedido, no entiende cómo el atacante se encuentra libre.

Nunca, en todo el proceso que hemos relatado, se hizo presente ningún adulto responsable, directos o indirectos del niño, ni los padres del agresor, quién a pesar de su corta edad, ya cuenta con antecedentes penales, ni los defensores de menores del Poder Judicial, ni las visitas ambientales ni vecinales de las trabajadoras sociales, de ninguna institución del Estado, ni los que circulaban ese momento, que tan sólo miraron sin participar.

Las reflexiones, que dan vergüenza por lo espeluznante de lo que pasó, nos causa indignación.

Un mundo sórdido de niños y un universo de adultos ausentes, que deben obligarse ya, y de una vez por todas, a ser protagonistas, pero no de la vida de hijos ajenos, sino de los propios.

Un niño agresor, que debe haber aprendido a través de abusos sexuales en su propia casa, sobre que alguien puede hacer una felatio y otro obligarlo a ello, sin respeto hacia el cuerpo y la humanidad de nadie.

Un niño pequeño, de tan sólo 7 años, en estado de total vulnerabilidad, defendiéndose con la fantasía que quizá en su casa le deben haber enseñado, cuando para parar la agresión, infantilmente le dijo al agresor: “Le diré a mi mamá, que hable con la policía para que te metan preso”.

Y por último, porqué no mencionarlo… un grupo de cinco pequeños, que simbolizando la Comunidad del mañana, nos enseñan que es bueno ser solidario, salvar y darle una mano al prójimo, aunque sea juntando sus fuerzas, para levantarlo en vilo y ayudarlo a vivir.

Escribió Julio César Ruiz