Nunca el amor puede ser vergüenza

Publicado el 16 septiembre, 2013 por Julio César Ruiz

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Haber entregado un bebé en adopción a un matrimonio gay, aún es noticia en la Argentina

Los que siempre están dispuestos a arrojar la primera piedra se han pasado siglos, mezclando la homosexualidad con la pederastia y con un sinfín de otras creencias y tabúes religiosos, mientras la realidad discurre por otros andariveles.

Las opiniones sobre la homosexualidad, han estado cruzadas por sectarismos, intransigencias, fanatismos y violencias, lo que ha impedido un sinceramiento que ha generado confusiones como relacionar la paternidad y la maternidad con la sexualidad y ésta con la genitalidad.

El rol de un papá o de una mamá es el de dar afecto, confianza, abrazos y formación y de ninguna manera la sexualidad menos aún la genitalidad cumplen algún tipo de función en esa relación. Pensar lo contrario es querer afirmar que el amor hacia un hijo, está proporcionalmente relacionado con la sexualidad de los padres, cuando nada tiene que ver e incluso pensarlo supone una torpeza.

Yo tengo 7 hijos y cómo a todos los padres aún me juzgan y continuarán haciéndolo por cómo fui con cada uno de ellos. Quizá me pasen facturas que no pueda abonar, sobre aquellas cosas que hice y de las que sinceramente no pude ni supe hacer, pero jamás he necesitado mi sexo ni mi sexualidad para ayudarlos a vivir y crecer.

Entre los cientos de fundamentos que se sostienen para oponerse a la adopción de niños por parejas homosexuales, es que los niños se avergonzarán cuando deban responder su verdad en la escuela.

Sobre ello, recuerdo cuando aún no había cumplido 7 años, al menos dos veces por semana, me llevaban alternativamente, un cura y un profesor de matemáticas a un dormitorio en el colegio de pupilos en el que cursaba mis primeros grados, para satisfacer sus necesidades sexuales.

Yo sabía cuándo me tocaba y sin solución de continuidad, entre los dos, se turnaban para hacerme cosas que no entendía pero que me provocaban mucha vergüenza y dolor cuando debía mirar la cara de mis compañeritos.

Nunca pude hablar con mis padres y contarle lo que me pasaba… ¿quién me iba a creer?, era la palabra de un niño contra la de un cura y un profesor.

Nadie nunca jamás me miró a los ojos ni se preocupó por mi tristeza, ni resultó ser una vergüenza para nadie sino tan sólo para mí lo que me ocurría a pesar que mis padres eran bien heterosexuales.

Escribió Julio César Ruiz