Adopción de niños más grandes

Publicado el 14/07/2010 por Julio César Ruiz

A LA ESPERA DE UNA FAMILIA

Son cada vez más familias que se forman mediante la adopción de chicos de más de 3 años o grupos numerosos de hermanos. Sin embargo, son muchos los chicos que esperan en instituciones y son más los padres que todavía no se animan a esta posibilidad.

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Ninguna historia es igual a otra, pero todas conmueven por la sensibilidad, el arrojo frente a lo desconocido y la capacidad de sobreponerse a situaciones adversas. Por eso y a pesar de sus diferencias, todas comparten un tronco común que las tiñe del mismo sentido: un profundo deseo de formar una familia y un fascinante camino recorrido para conseguirla.

En los padres, porque no encontraron en la biología la manera de tener hijos. En los hijos, porque las circunstancias los llevaron a necesitar otra familia que los acogiera. Dos expectativas de felicidad que se unen en la adopción, venciendo montañas de prejuicios e inseguridades. Sin embargo, en estos casos, el desafío es mayor, porque el ensamble familiar se da con niños de más de 3 años o grupos de hermanos, que cargan sus propias historias y fantasmas.

Cuando los años de tratamientos de fertilización fallidos obligan a imaginar otras opciones para poder canalizar todo el amor de padres, la adopción se asoma, tímida y sigilosa, como una posibilidad. En ese momento, es fundamental el apoyo de las ONG especializadas en el tema, que pueden erradicar todas las dudas y miedos lógicos de los padres, y acompañarlos durante el proceso. “La mayoría de los adoptantes quieren reproducir con ese menor las etapas vitales de un padre biológico, y por eso prefieren adoptar bebes de menos de un año. Desde que nacen y tienen pocos meses hasta cambiarles un pañal y darles una mamadera. Existe cierto temor infundado a que a determinada edad los chicos ya tengan patrones de conducta o problemas de salud irreversibles”, explica Pablo Padula, defensor civil y comercial N° 4 de Posadas.

Hoy sobran personas dispuestas a acoger a niños de menos de un año, que tienen que esperar un promedio de 3 años para hacerlo, y faltan padres con intención de adoptar a chicos en edades más avanzadas, grupos de hermanos o con problemas de salud, que los jueces entregan en cuestión de meses, para evitar que sigan pasando sus infancias en hogares o institutos.

Si se le suma que no todos los menores que necesitan una protección especial están en condiciones de ser adoptados, el número se achica. Para que alcancen esa condición, tiene que existir una decisión judicial que dictamine la necesidad de buscarles otra familia. Esto sucede cuando la familia de origen no puede asumir la crianza, o por causas graves como maltrato, abuso o negligencia en el cuidado. “Es probable que la Justicia se demore más de lo necesario a la hora de decretar la adoptabilidad de los niños, sobre todo considerando que cada día en la vida de un niño puede cambiarlo para siempre. Pero garantizar el cumplimiento del estándar del interés superior del niño no es tarea fácil: hay que investigar no sólo en la historia de vida, sino también asegurarse de que mantenerlo en el entorno familiar es inviable y, sobre todo, encontrar el mejor hogar posible para ese niño en particular”, dice Liliana Bertolotti, jueza de familia de Posadas, para responder a las quejas sobre los largos plazos en los procesos de adopción

Vida nueva

A Julio y Jacqueline fue su psicólogo de pareja el que les aconsejó acercarse a Prohijar después de varios intentos fracasados de embarazo. Empezaron a participar de las actividades y reuniones de la entidad y después de varios meses se anotaron para adoptar a dos hermanos de hasta 7 años, cuando en un primer momento sólo querían un bebe de hasta 2 años. “Cuando nos llamaron para contarnos el caso de un grupo de hermanos, de 7, 8 y 9 años, yo pensé que era ideal, porque ya teníamos tres perros, uno para cada uno”, cuenta Julio, con una sencillez que refleja la forma práctica en que se toma la vida.

Para compensar, Jacqueline tenía los miedos lógicos de cualquier mujer a la hora de ser madre, pero además la asustaba un poco la idea de adoptar a chicos de estas edades, porque tenía 33 años y se sentía muy joven. “El día en que nos hablaron de estos chicos justo dio testimonio en la fundación un padre que había adoptado a cuatro y lo contó con tanta alegría que me dio esperanzas. Yo estaba preparada para una tragedia, entonces todo lo que vino después fue mucho más fácil”, confiesa Jacqueline.

El recuerdo de cómo llegaron a ser familia viene acompañado de lágrimas, silencios y mucha alegría: la llamada para ver si estaban dispuestos a vincularse con estos chicos; el día en que los conocieron en la fundación y a las pocas horas ya jugaban en la plaza, y esas primeras sensaciones de sentir propias a esas personitas antes desconocidas. “En cuanto los vi me puse a llorar y a reír porque el más grande se parecía muchísimo a Julio, y hoy se parece más todavía porque le copió algunos gestos”, dice esta madre, psicóloga de profesión.

Siguieron 45 días de varias salidas para empezar a conocerse, hasta que el 13 de diciembre de 2007 ya estaban viviendo juntos en su casa de Colegiales. “Maxi, el día en que nos conoció, le pidió un bolso al director del hogar y lo tenía preparado debajo de la cama, listo para irse”, dice Julio, para enfatizar la tremenda necesidad de todos los chicos que viven en hogares de tener su familia.

En ese momento, Jacqueline trabajaba en tres lugares y pidió nueve meses de licencia. Además, tuvieron que vaciar todos los placares y modificar el lavadero, pero sobre todas las cosas tuvieron que modificar su estructura diaria. “Nos costó organizarlos porque ellos tenían otro estilo de vida. Aprendieron a ser ordenados, a respetar el horario de la cena, a no comer con el televisor prendido, a no masticar con la boca abierta. Pero lo primero que tuvieron que aprender fue a dejarse querer y a cambiar su imagen sobre los padres”, dice Julio con sabiduría.

Los hijos de Julio y Jacqueline hoy tienen 12, 10 y 9 años; se están nivelando en el colegio; han formado un nutrido grupo de amigos, y tienen una familia que los adora.

“Parece imposible, pero no lo es. A mí me completó como persona el ser mamá. El mito más fuerte que hay que vencer es que la biología hace a la maternidad, cuando lo que la determina es el ejercicio del rol. Yo tengo el beneficio y el orgullo de que mis hijos nos eligieron como padres, y eso no es común”, concluye Jacqueline.

No existen cifras oficiales sobre la cantidad de chicos que esperan una familia, y eso no permite tener una dimensión acabada de esta problemática. Sin embargo, según un relevamiento realizado por el Ministerio de Justicia y Derechos Humanos de la Nación, la Secretaría de Derechos Humanos y Unicef, en 2006, cerca de 20.000 chicos y adolescentes de hasta 21 años residen en 757 establecimientos, y el 84,8% permanece allí privado de su libertad por causas no penales, sin la posibilidad de vivir en familia. A su vez, algunas ONG estiman que en la provincia de Buenos Aires son cerca de 12.000 los chicos que siguen esperando, y en la ciudad de Buenos Aires, alrededor de 3000.

Del otro lado, se encuentran los 500 postulantes que por año se inscriben en el Registro Unico de Aspirantes a Guarda con Fines Adoptivos, que funciona en la ciudad de Buenos Aires. Las guardas otorgadas por juzgados porteños no superan las 100 por año; por lo tanto, hay tres veces más inscripciones que guardas. Cuando se analizan las condiciones establecidas por los 1403 inscriptos para adoptar, nadie está anotado para recibir a cinco hermanos, una sola persona para adoptar a cuatro, 19 para tres y 551 para dos hermanos.

En el Registro Unico de Adoptantes, de alcance nacional, pero al que sólo 10 provincias han adherido voluntariamente, existen 1851 legajos admitidos, de 388 aspirantes monoparentales femeninos, 15 aspirantes monoparentales masculinos y 1448 matrimonios. Esto habla de un total de 3299 personas si se contabilizan por separado los esposos y esposas. De éstos, 886 aceptan hermanos; 377, niños con problemas físicos, y 177, niños con VIH negativizado.

“En la adopción de chicos más grandes, es muy importante el tiempo dedicado a la previnculación, porque es el primer paso respecto del consentimiento. Nosotros buscamos padres para los niños y no niños para los padres. Por medio de charlas que damos durante todo el año, vamos acompañando a los padres en la espera, a la vez que los formamos”, explica Adriana Abeles, de Campos del Psicoanálisis.

Una nueva tendencia que los especialistas señalan es el aumento del número de mujeres y hombres solos que se acercan para adoptar a chicos más grandes. “Esta es una realidad cada vez más frecuente. En nuestra fundación, cerca del 25% de las personas que atendemos adoptaron a chicos más grandes o están en proceso. En general, tienen más de 40 años y son monoparentales, porque empezaron a pensar en la paternidad de grandes”, cuenta Graciela Livsky, de la Fundación Adoptare.

“Existe la fantasía de que si uno adopta un niño chico todo va a parecerse a lo que sería un hijo propio. Y esto no es así, porque hay una memoria genética. Con los niños grandes, la gran ventaja es que ellos participan del proceso”, sostiene María Adela Mondelli, de Fundación Adoptar.

Todos coinciden en que para poder adoptar a grupos de hermanos y a chicos más grandes hay que tener muchas ganas, espacio físico, recursos económicos acordes, un gran acompañamiento de una ONG, y el apoyo de todo el entorno. Como el niño también carga con sus tiempos y condiciones, se requiere de una disponibilidad afectiva muy grande de los adoptantes.

“Se necesitan para estos chicos familias con mayor fortaleza, flexibilidad y disponibilidad para pedir ayuda cuando lo necesitan”, agrega Sandra Juárez, de Prohijar.

Padres por casualidad

No hace falta creer en la predestinación para empatizar con la historia de Raúl y Marta Orsi, que se transformaron en padres casi por casualidad. Todo empezó en diciembre de 1988, el día en que aceptaron el ofrecimiento del hogar La Casa de la Niña, ubicado en su misma cuadra, en Santa Fe capital, para recibir a María de los Angeles, de 7 años, en las Fiestas, porque el hogar cerraba sus puertas esas dos semanas.

“Nosotros llevábamos 5 años de casados y ni siquiera teníamos intenciones de adoptar en ese momento”, dice Raúl. En ese entonces tenía 29 años, y su mujer, 28, y ya empezaban a sentir la presión social de no tener hijos.

Bastaron solo dos semanas para que María de los Angeles tenía problemas de aprendizaje, casi no les hablaba y le costaba socializar. “Era morochita, y el primer fin de semana nos dio vergüenza ir con ella a misa y fuimos solos. En la semana, lo hablamos y nos sentimos muy incómodos. Nos decíamos muy cristianos, pero cuando llegaba el momento de compartir con otras personas, nos había ganado el prejuicio”, confiesa Raúl.

que esta nena, que al principio se mostraba fría y retraída, se integrara en sus vidas. “Estábamos viendo una película con la nena. Se sentó en mi falda y apoyó su mejilla sobre la mía. Fue una cosa mágica, como si una varita me tocara el corazón”, relata Raúl emocionado.

Vivieron la Navidad más linda de sus vidas y eso los convenció para ir al hogar a preguntar por la situación de María de los Angeles y enseguida empezaron los trámites de adopción.

Los primeros tiempos fueron duros por el desconocimiento, y porque no tuvieron un grupo u ONG que los guiara. Sin embargo, volcaron todo el amor contenido en su nueva hija. “Nosotros nos preguntamos cómo habría sido de bebe, y lo tomamos con naturalidad. De chica le leíamos libros sobre la adopción. Lo que nos iba preguntando, lo íbamos manejando. Si uno lo habla con naturalidad, deja de ser algo fantasioso o para ocultar”, dice Raúl.

Dentro de su nueva familia, María de los Angeles pudo superar sus problemas de aprendizaje. “Hizo toda la primaria, la secundaria y luego se recibió de técnica agrónoma”, dice Marta orgullosa.

Hoy, con 28 años, y madre de dos pequeños, María de los Angeles sigue disfrutando de los programas con sus padres. “Con los nietos fue que nos dimos el gusto de cambiar pañales y jugar a la pelota”, dice Marta, quien ahora vive junto a su familia en Esperanza, Santa Fe, y a sólo 8 cuadras de su hija. Se emociona cuando habla del vínculo profundo y sólido que pudo establecer con su hija. “Yo a veces escucho a otras madres que se quejan porque sus hijos no les prestan atención, y en mi caso María de los Angeles es super compañera”, dice.

Problemas

Los chicos que son adoptados de grandes vienen de largas situaciones de vulnerabilidad y con demasiadas carencias. Por eso, cuando encuentran una nueva familia que además de amor los llena de confort material, muchas veces tardan en adaptarse. En general, necesitan un tiempo para aprender a valorar las cosas y a compartirlas, porque nunca tuvieron nada propio.

También son frecuentes los problemas de aprendizaje y las complicaciones en el cumplimiento de normas y pautas familiares. “Recibimos consultas sobre chicos con voracidad en la alimentación o que guardan comida, chicos grandes que se orinan encima o no se quieren bañar. También en las familias hay normas con respecto a la intimidad y la sexualidad que los chicos desconocen y que tienen que aprender”, explica Beatriz Gelman, de Adoptare.

Gabriela y José Cvitovic, de San Antonio de Areco, vivieron con sus 4 hijos adoptivos algunas de esas complicaciones con la mayor naturalidad del mundo. Miedo a la hora de bañarse, camas mojadas por las noches, falta de demostraciones afectivas y berrinches. “Pero en el andar fuimos aprendiendo y creciendo juntos. Ellos a tener nuevos papás y nosotros a tener nuevos hijos”, dice José, productor agropecuario de la zona, desde el sofá del living de su casa, mientras dos de sus hijas hacen monigotadas a su alrededor.

En diciembre de 2006, ya habiendo presentado las carpetas necesarias con el asesoramiento de Prohijar, los llamaron para ver si se animaban a recibir a 4 hermanos, cuando ellos se habían anotado para adoptar hasta a dos hermanitos. “Por algo será que esto nos llega ahora”, pensaron y aceptaron la aventura de integrar a tres hermanos 8, 9, 12 y 13 años, tres mujeres y un varón. “Nuestra casa tenía un living, una cocina y dos dormitorios. Vivimos 8 meses todos juntos en el mismo espacio y sobrevivimos. La gente nos donaba ropa, peluches y muebles. Después estuvimos 6 meses en obra para refaccionar y ampliar la casa”, dice Gabriela, con la satisfacción de haber superado la prueba.

Tienen un extenso jardín que los chicos disfrutan cada vez que pueden junto a sus amigos o primos. En la casa no tienen televisión, porque los padres decidieron priorizar la vida al aire libre. Durante la entrevista, los chicos traen mate y masitas a la mesa, buscan llamar la atención de sus padres y se distraen jugando con la computadora.

“Al principio yo tenía miedo. No sabía si me iban a dar vuelta la casa, si me iban a hacer un piquete o si se iban a querer ir. Para nosotros, los conocimos en su mejor edad, porque fue con la que llegaron a nuestras vidas. Yo creo que como padre no te perdés de nada porque todo es tan intenso que ni te enterás”, cuenta José.

Todo fue nuevo, pero, sin embrago, ellos sienten que están juntos desde siempre, a tal punto que no se acuerdan de cuando estaban solos. José y Gabriela aseguran que no es tan simple como esperaban pero tampoco tan complicado como parecía. Apelando al sentido común y a los límites, consiguieron armar la familia que siempre quisieron tener. “Yo creo que el hecho de que sean hermanos ayuda a la adaptación, porque tienen sus propios códigos y lenguaje”, dice José, convencido.

Poner a prueba

Durante el primer tiempo de convivencia, los chicos suelen poner a prueba a los padres para asegurarse de que no los van a abandonar, y es allí donde se les aconseja brindarles la contención necesaria para que entiendan que se ha formado una familia para toda la vida. “A mis hijos les costó confiar en que era para siempre. Al principio, cuando nos íbamos al cine teníamos que decirles que volvíamos, porque ellos necesitan esa seguridad”, dice Soledad Ricci, quien junto a su marido Luis, adoptaron a 3 hermanos de 2, 3 y 5 años.

Todos formaron una nueva familia en Bella Vista, en la casa en donde Soledad vivió durante su infancia, acompañados por tres perros, un gato, dos coballos, y un amplio jardín con árboles y una pileta.

Los chicos reciben a La Nación con el uniforme del colegio, con un cartel de bienvenida en la puerta y nos hacen una recorrida por su nuevo hogar.

“Después de muchos años de tratamientos, empezamos a pensar en la adopción y nos acercamos a Anidar. A principios de diciembre de 2004 armamos 25 carpetas y las mandamos a cada uno de los registros provinciales de adopción. El 21 de ese mismo mes, nos llamaron de un juzgado porque había tres hermanos en espera. Los chicos vivían en un hogar y el juez quería que pasaran esas fiestas con una familia. En tres días, ya los teníamos en casa”, cuenta Luis.

Su entorno los ayudó mucho y la familia fue fundamental en ese sentido. Soledad se tomó 3 meses de licencia en su trabajo y después modificó y acortó sus horarios para poder estar más tiempo en casa con sus hijos.

“Tenemos los problemas que puede llegar a tener cualquier familia. Ellos de a poquito van adaptándose, buscando su lugar en el mundo. Es algo que se tiene que trabajar y mucho. Para ellos todo es nuevo, es un mundo nuevo para descubrir cada día”, dice Soledad.

Para Luis lo más complicado fue perder la independencia que habían disfrutado durante sus 13 años de casados, porque los chicos lo empezaron a demandar en forma constante. “Es verdad que acarrean historias, pero todo es superable. Lo que pasa es que hay que ponerle garra y tiempo. Son chicos que necesitan atención permanente. Es impresionante como ellos te van devolviendo lo que vos les vas dando”, dice.

Por lo general, como han tenido que superar situaciones complejas, estos grupos de hermanos desarrollan un vínculo de supervivencia, y se cuidan mutuamente. “Ellos aprendieron de grandes a jugar, a hacerse amigos y a ser hijos. De a poco se fueron mimetizando con nosotros. Es impresionante como copian los gestos y las frases”, dice Soledad, que tiene grabados a fuego esos días en que se escondía debajo de la escalera, para que sus hijos no la encontraran y le gritaran mamá por primera vez.

“Son dos carencias que se unen. Tanto ellos como nosotros nos necesitábamos y se formó una familia”, concluye Luis.

Todo indica que este tipo de adopción implica enormes desafíos, pero ninguno parecería imposible de superar con las herramientas necesarias y la voluntad suficientes.

Por Micaela Urdinez


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