Los niños no saben contar estas cosas

Publicado el 26/06/2019 por Julio César Ruiz

A la memoria de esos niños

Mi madre solía decirme: “Siempre debes hacerle caso al abuelo”. Mi vida comenzó así, creyendo que los adultos eran los titulares de nuestros derechos y los niños tan sólo parte de sus pertenencias.     

Al parecer en diciembre del 50 o  enero del 51 fue la primera vez que me separaban de mi madre. Según parece el párroco decidió que ella era muy joven para ser mi mamá. La segunda cuando me inscribieron en el Colegio Sagrado Corazón de los curas lourdistas de Tucumán, bajo la promesa que allí me enseñarían cosas que me ayudarían a vivir.

Tenía 9 años, nunca supe su nombre. Siempre su presencia me aterrorizaba. Aquel día al pasar a mi lado me dijo al oído: «antes que yo entre al aula debes sentarte en el fondo, en aquel pupitre despintado, el que está sin uso, entre el armario y la pared».

Al llegar debíamos ponernos de pie y saludar inclinando nuestras cabezas como símbolo de respeto y sumisión. Sin siquiera mirarnos, escribía en la pizarra operaciones matemáticas interminables que debían resolver mis compañeros. Acomodado ya a mi lado, tomándome de la oreja o de la patilla me hacía agachar y me sujetaba entre sus piernas para que le hiciera sexo oral. El ritmo lo marcaba oprimiéndome la nuca hasta hacerme doler.

Como podía contenía la respiración cuando mi nariz se estampaba contra su pubis…el olor rancio de sus pelos me resultaba nauseabundo.      

Nunca podía prever el final. Una nausea me advertían que todo había terminado. Cuando el timbre anunciaba el final de su clase salía corriendo hasta el mástil para ganarle la carrera a todos. Aunque sea por unos segundos me sentía el primero de la clase.       

Una tarde al final de la jornada se me acercó el cura Videla y casi tocándome la nariz con su dedo índice me dijo con gesto contrariado que se había enterado de lo que yo le hacía al maestro en el aula frente a mis compañeros. Me ordenó que al día siguiente subiera a su habitación para confesar mis pecados y pedirle perdón a dios.       

Me sentía atrapado entre confesar mi culpa o soportar las llamas del Infierno por toda la Eternidad como me habían enseñado en la clase de religión.

La habitación estaba oscura. Cerré por detrás mio la puerta y me senté a esperar sobre una de las dos camas de una plaza. La vislumbre del sol del atardecer me dibujó el entorno de la figura del padre que se venía sobre mi. No tenía sotana ni pantalón. Aparatosamente me mostraba el pene entre sus manos. De un empujón me tiró de espaldas, me dio la vuelta y me bajó el pantalón.

Se movía tan pesadamente sobre mí que en cada empellón me asfixiaba contra el colchón sin sábanas que cubría una parrilla elástica, la que obedientemente le devolvía cada sacudón.  

De repente se quedó quieto. Su peso sobre mi espalda era insoportable. Se puso de pie y antes de desaparecer detrás de una soga llena de toallas balbuceó: «bajá por la escalera del costado y no te dejes ver por nadie”.

Fue toda una hazaña llegar a la vereda. Las piernas endurecidas y las rodillas controladas por un temblor, me impedían caminar. Me sentía solo. Tenía ganas de llorar. Las mandíbulas se independizaron de tal manera que no podía disimular el ruido a castañuelas de mis dientes aturdiéndome los oídos. Sentí la necesidad de que alguien conocido me abrazara. El ardor de mi cola se sentía como el dolor de una herida abierta.   

Una cuadra antes de llegar a mi casa comencé a sentir que algo se derramaba sobre mis pantorrillas. Fue tremenda la vergüenza de pensar que la gente vería mis piernas ensangrentadas. En aquel entonces los niños de mi edad usaban pantalones cortos.  

Al llegar entré corriendo al baño, me toqué y lo que vi me devolvió la calma…no era sangre, sino un líquido blancuzco, pegajoso igual al que me daba arcadas los martes y viernes con el profesor.

De a poco fui comprendiendo lo que me había ocurrido. Me costó muchos abandonar aquel pupitre despintado, el que estaba sin uso, entre el armario y la pared.

Cuando logré ponerme de pie, reconocí que mi madre en algo tenía razón, en aquel lugar había aprendido algunas cosas que al final me ayudaron a vivir.

Escribió Julio César Ruiz

Otro caso de abusos ocurridos en el mismo Colegio Sagrado Corazón de los lourdistas.   


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