Ser Apropiado: El reto de transformar la bosta en abono

Publicado el 11/01/2019 por Julio César Ruiz

“Comprendo que la mentira no es igual que la verdad, pero a mí me engañaron las dos”

Escritor argentino Antonio Porchia

Hasta yo me sorprendí cuando releí la colección que logré durante un cuarto de siglo de pequeños detalles sueltos sobre mi verdadera identidad de origen. De a poco ensamblé cuantos pedacitos encajaban en la pieza de al lado, de la misma manera que de niño ensayaba cubrir, con trozos sueltos envejecidos y quebradizos de mayólicas la imagen de los Reyes Magos que alguna vez hubo en una pared semi derruida de la casa donde me crie.   

Al comienzo entendí que buscar pormenores o referencias era transportarse a la fecha probable de mi nacimiento, haya por el 51, donde la identidad tenía como testigo mudo a una Sociedad abúlica, perezosa e indolente y una curia romana, que bajo secreto de confesión disponía quién era hijo de quién.   

Por ello y por mucho más, entendí que el éxito o el resultado de lo que finalmente pudiera encontrar, estaba supeditado a que cuanto ante pudiera descifrar el significado de las palabras de mi vieja, cuando con lágrimas en los ojos le pregunté a mis 26 años quiénes era mi madre… ”No lo sabrás nunca, el secreto me lo llevaré a la tumba”

Con tan sólo esa especie de contraseña para el ingreso a mi pasado y luego de 20 años encontré evidencias de que mi padre biológico era un médico, casado, con hijos, con apellido de prócer argentino y mi madre, una mujer no tan joven, soltera, dispuesta a todo, por aquel hombre que probablemente alguna noche de pasión le susurró al oído que algún día iba a unir su vida con ella y su nuevo bebé.    

El esfuerzo por descubrir algo con vida no alcanzó. Llegué demasiado tarde. Sólo encontré una tumba con el nombre de ella y a 1.200 km, en otro cementerio, apoyado en la pared de un nicho ajeno, una bolsa de consorcio negra, que según el cartón que colgaba del precinto contenían los huesos del que en vida fue mi padre.   

Nunca pude saber qué día nací, aunque sí conocí el pequeño dormitorio donde ocurrían los encuentros románticos explicados por una viejita de 91 años que ansiosa, a pesar de mi negativa comenzó a relatar detalles cuestión que lo había hecho por aprecio y agradecimiento a su ex jefe…el doctor.        

Apenas me repuse de aquella escena que prefiero recordarla como la de un museo en donde no hay para qué volver, comencé a pensar sobre la posibilidad de escribir un libro en homenaje a muchísimos bebés, que nunca tuvieron ni tendrán la posibilidad de relatar el infierno donde nacen, viven y mueren.    

A pesar de la fuerte ambición de incorporarme al mundo de los escritores, la realidad me pegó duro… ¿cómo escribiría no siendo escritor?

Mi afán por seguir adelante con aquella idea me hizo encontrar una conferencia donde Carlos Menem presentaba su nuevo libro. Este solo dato fue el que me impulsó a seguir con mi proyecto, con la convicción de que seguramente, por comparación, algo más productivo iba a salir de mi cabeza.    

Para comenzar, lo primero que precisaba eran datos. A comienzos del  87, logré el permiso de las monjas de la Sala Cuna de Tucumán para trabajar dentro de la institución analizando expedientes que me comenzaran a relatar, cómo llegaban esos bebés a aquel lugar, quién, cómo y porqué los abandonan. Porque los queman con cigarrillos, como lo empujan por las escaleras para simular un accidente y qué sentimientos puede tener un ser humano para abusar sexualmente a su propio hijo o nieto, al lado de madres que con el silencio consienten semejante dolor.      

La tarea fue pesada y llena de angustias. Luego de dos años de convivir con aquellos bebés, lo primero que descubrí es que yo no era el que más sufría en el mundo, que todo lo que viví o me ocurrió en la vida, no había sido ni tan grave ni tan importante como el abandono sin fin de aquellos bebés.

Comencé a comprender la crueldad del ser humano al escuchar o vivir circunstancias que me hicieron temblar, como la de aquella enfermera que me dijo: “En mi turno a los bebés les damos las mamaderas apoyados en sillas de metal y no los tocamos para evitar que se encariñen.”

O cómo una veintena de niñitos pequeños de menos de 5 años miran televisión todo el tiempo, a falta de quién los haga jugar o garabatear en una cartulina algún dibujito salido de la necesidad de expresarse de alguna manera.     

O como le sirven la cena a las 6 de la tarde porque el personal de cocina debe higienizar todo antes del turno de las 20. 

O ver visitantes o voluntarios que cuando ingresan a los salones inmensos llenos de cunas se ríen, se quedan mudos y les parece gracioso cuando los bebés se abrazan a sus piernas o con fuerzas les retienen sus manos y mirándolos a sus ojos les dicen mamá o papá.

Escuchar el comentario de la madre superiora respecto de que aprovechan el personal masculino de mantenimiento, para que los bebés conozcan de lejos lo que es un hombre.

O preguntarme porqué las personas en contingentes multitudinarios entran a verlos, como si fueran monos, los llenan de galletas y caramelos y por ser tantos nunca les lavan los dientes y viven con caries que duelen por las noches.

O ver cómo el día que cumplen 5 años, sin interesarles las relaciones de sus amiguitos o sus hermanitos, según el sexo los mudan hacia instituciones donde permanecen un mismo período, para terminar en hospicios donde a los 18 años, si no consiguieron ser adoptados, les abren las puertas y los mandan a la calle “a vivir”.

Es una cierra sin fin su soledad, su abandono que en la mayoría de los casos los acompaña hasta terminar con un balazo o en las cárceles porque nadie les enseñó ni siquiera el respeto por ellos mismos ni por sus propios cuerpos.

A lo lejos se ve a los políticos de todas los tiempos y castas familiares que pretendiendo redimirse besan a los niños en las campañas políticas, pero inauguran cárceles y bajan la edad de imputabilidad, para meterlos más rápidos en lugares brutales idénticos a las salas cunas donde ellos mismos con su ineficacia y fala de sentimientos les enseñaron a vivir.    

Porqué nunca pude ni siquiera iniciar mi libro

Una mañana del 88, se acercaron por el borde del escritorio en la oficina que me habían prestado las monjas, los ojitos de una nena interna de 4 años, quién me preguntó: “¿Qué estás haciendo?”…escribiendo le respondí. Advertí que sin siquiera interesarle mi contestación me replicó: “¿Para qué?”

Fastidiado por la interrupción esbocé lo que me había prometido sería mi última respuesta, cuando sin dejarme espacio para decirlo volvió a preguntar: “¿Me puedes conseguir un papá y una mamá?”

Comencé a sentirme atormentado, incomodo, sin ideas y hasta sin ganas de hablar, cuando mirándome fijo a los ojos y acercándose lo que más pudo hasta mi oído y como si fuera un secreto me dijo: “Yo sé tender las camas”

Cerré el cuaderno en el que escribía algunas notas, me levanté avergonzado de estar como estúpido perdiendo el tiempo intentado escribir algo que quizá ella nunca pudiera leer y me prometí buscarle un papá y una mamá.

Aún no lo logré. Por temor a que no lo sepa, ni siquiera le pregunté su nombre. En la actualidad debe ser ya una joven de más de 20 años. Con el tiempo perdí su rostro y no sé dónde está ni cómo encontrarla.

Aquella bebé me enseñó que había dos posibilidades: que me pase el resto de mi vida llorando por los rincones, buscando dos palitos para hacerme una cruz y contando a todo el que me preguntara la hora que soy abandonado, o ponerme de pie, salir del agujero de mi muela y comenzar a reinventarme para revivir y ser parte de la creación de un nuevo amanecer.

Nunca más pude olvidarme de aquellos ojitos pequeños y tristes, que con 4 añitos sabía claramente que el amor no existe si no hay con qué pagarlo para obtenerlo.

Allí, en ese mismo día, en ese mismo instante…nació la Fundación Adoptar.

Escribió Julio César Ruiz


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