El origen de la Honorabilidad

Para ser Presidente de la Nación, no es necesario contar con alguna especialidad, habilidad ni título profesional.

Ninguna Constitución de país civilizado podría exigirlo, por cuanto significaría excluir mucha gente capaz, con el deseo de acceder a cargos públicos en aras del bien común.

La Constitución Nacional Argentina, en su texto nunca menciona la Honorabilidad. Sólo exige, para presidir el país ser: “…argentino nativo, tener treinta años y una renta anual de dos mil pesos fuertes o una entrada equivalente”, menos exigencia que para sacar fiado en un almacén de barrio. 

La “Honorabilidad” en tiempos pasados se defendía hasta con la vida.   

Si dejáramos de remunerar a los que ejercen servicios públicos, los intereses de los gobernados estarían en manos de los más aptos, de los íntegros, de los virtuosos, de los más inteligentes, ya que accederían solo aquellos ansiosos por tener prestigio y satisfacción por el beneficio que ofrece la solidaridad. El país estaría conducido sólo por los que eligen el servicio por conveniencia moral. 

Los políticos actuales, comenzaron a perder cuando la obnubilación les hizo creer que la prosperidad tiene alguna relación con el dinero.

Los nuevos, tienen que recuperar el origen del verdadero prestigio que aún resguarda el Guerrero, aquel donde…

La Honorabilidad se acomodaba con la Valentía, se unía a la Dignidad, fundida a la Reputación se mezclaba con el Prestigio, sumada al Pudor abrazaba al Respeto, emocionada por el Mérito creaba la Autoridad, ceñida a la Modestia nos premiaba con la Humildad, que al juntarse con la Conmiseración nos entregaba Sabiduría y el punto máximo lo alcanzaban, cuando se enamoraban entre ellas y juntas, con extrema Pasión procreaban todo el resto.

Escribió Julio César Ruiz

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