El niño que hablaba con estatuas
Desde que nací, me costó encontrar alguien con quién hablar. Estuve 270 días dentro de aquella mujer, que a pesar de darme la vida, no pudo quedarse conmigo.
La pareja que me crio estaba compuesta por una mujer rústica y un hombre sordo. Me enseñaron que el amor es darlo todo sin esperar nada a cambio.
Esta frase es la que me hizo vivir creyendo que debía dar, dar y dar, como requisito para ser amado.
Necesitaba que alguien me hablara
Recuerdo, cuando niño, ante alguna travesura corría a refugiarme entre los barrotes de los bancos de una parroquia cercana.
El miedo y la soledad era tan inmensos como una catedral. Esperaba encontrar quién me hablara, pero sólo advertía miradas de rostros blancos, inertes, que no consolaban ni siquiera guiñaban un ojo por complicidad con aquella picardía.
Claro: eran estatuas. Sólo eso.
Ya en mi vejez, a pesar que comprendí que aquel lugar era apenas una ficción, continúo esperando palabras amorosas. No aparecen. Apenas algún transeúnte que me pregunta la hora o me saluda por error.
Como antídoto del silencio hablo mucho. Me lo dijeron hasta en mi propia casa. Ese ruido me protege, me aleja de los silencios, de la soledad y de voces, que señalan tan sólo mis heridas.
Cada mañana, vuelvo a sentirme igual que en aquella catedral inmensa de rostros enyesados.
Continúo esperando palabras cálidas, por algo que yo merezca, que bien agradecería con una sonrisa, aunque en el fondo no lo crea.
Cada noche, cuando de reojo miro el Cristo de la montaña, se dibujan las mismas caras blancas, inertes, que a veces no son sólo de estatuas, sino de personas que se sienten cómodas donde están y cómo están.
A mis 75 años, estoy seguro que el mundo está formado por más humanos que inertes, por lo que a pesar de las críticas seguiré hablando cada vez más, para ver si logro que mis hijos y los hijos de cualquiera no terminen creyendo en fantasmas, o pensando que las estatuas sirven para algo.
Para que no exista más silencio ni soledad nació Fundación Adoptar
Desde hace 30 años hemos acompañado a muchos niños que conocieron demasiado temprano el abandono, la soledad o el dolor.
Por eso deseamos brindar, un mensaje simple a las mamás, a los papás y a todos los que por su rol o profesión tienen la responsabilidad de la formación de niños, niñas y adolescentes.
Los niños necesitan ser escuchados, a veces nos piden cosas que para ellos son inmensas, a veces sólo una palabra, una mirada, un gesto que les diga que su voz importa. Si son pequeñitos, es una buena idea colocarse físicamente a su nivel y estatura y mirarlos a los ojos.
Hay dolores que pueden durar toda una vida, tan sólo por haber guardado silencio cuando usted, tan sólo tenía que escuchar, o quizá mirarlo a los ojos. Para ellos, el silencio implica soledad y si es reiterado, abandono.
En definitiva, quiero decir, que ningún niño debería crecer creyendo que hablar no sirve de nada y menos, si Ud. está a su lado.
Escribió Julio César Ruiz
